martes, 26 de abril de 2011

Verónica (Primera Parte)

Personajes:       Estela
                        Alonso

(En un aula universitaria durante el atardecer, la luz del ocaso se filtra por las ventanas y Alonso se encuentra en el centro del aula buscando por las carpetas. Estela asoma el rostro por la ventana de la puerta, entra apurada y jadeante)

Estela:
-¿es acá la clase de ética?

Alonso:
-(Sorprendido y nervioso) Era la clase de ética, terminó hace diez minutos.

Estela:
-Carajo, es la primera clase y ya empecé mal. Disculpa la expresión, es que realmente me fastidia.

Alonso:
-No hay problema (concentrado mirando entre las carpetas y mirando de reojo a Estela).

Estela:
-Si ya terminó la clase, ¿qué haces todavía acá?

Alonso:
-He perdido mi celular, creo que lo dejé caer por algún lugar.

Estela:
-Ah ya, puedo ayudarte a buscarlo.

Alonso:
-¿En serio? Muchas gracias.

Estela:
-No hay por qué. Te he visto antes, estudias con algunas amigas mías; Alejandra Reyes y Carla Ortego.

Alonso:
-Sí, estudio con ellas. Creo que también te he visto en alguna ocasión. ¿Por qué llegaste tarde?

Estela:
-Me quedé dormida, sé que es tarde para que esté durmiendo. Pero tomaba mi siesta y tuve un sueño magnífico, no quise levantarme. Por desgracia se me pasó el tiempo y cuando me desperté se me había hecho tarde y olvidé el sueño, ¿nunca te ha pasado que sabes haber soñado algo hermoso pero no recuerdas qué fue?

Alonso:
-Me ha pasado, también me ha pasado que sé haber soñado con alguien pero no sé qué he soñado. (Molesto) Creo que nunca encontraré mi celular.

Estela:
-Lo encontré.

Alonso:
-¿Es en serio?

Estela:
-No, pero no me gustó verte molesto.

Alonso:
-(Riendo) Gracias, me has hecho reír y me levantaste el ánimo.

Estela:
-(Sonriendo) No, creo que fue algo cruel, discúlpame. (Alonso se queda mirándola fijamente) ¿Qué sucede?

Alonso:
(Crispando la mirada) Nada, ¿por qué?

Estela:
-Te quedaste un buen tiempo viéndome, pensé que tenía algo mal o estabas molesto por mi broma.

Alonso:
-No, no es nada de eso. Es que me gustó tu sonrisa.

Estela:
-¿Puedo preguntarte algo? (se sienta en una carpeta).

Alonso:
-Claro, ¿qué sucede?

Estela:
-Lo siento, quizá es algo que no debería preguntar… por cierto, ¿cómo te llamas?

Alonso:
-Ah, perdón por no presentarme. Soy Alonso Carrión.

Estela:
-Soy Estela Molina.

(durante los siguientes dos minutos Alonso da vueltas por el aula buscando el celular en silencio. Da un paso y mira a Estela disimuladamente, da tres pasos y vuelve a verla de reojo, da cinco pasos y vuelve a verla, sucede así en series de tres, cuatro, seis y siete pasos. Mientras tanto Estela mira pensativa la carpeta en la que está sentada, pasado el minuto y medio mete la mano en la carpeta y se sorprende)

Estela (gritando):
-¡Lo encontré!

Alonso (sin voltear a verla):
-Jajaja, ¿te divierte molestarme? Admito que es algo gracioso, pero de cierta manera irritante. Gracias de 
todos modos por ayudarme.

Estela:
-Oye, es en serio, lo encontré. Estaba en esta carpeta, a menos que este no sea tu celular, de ser así tengo un nuevo celular y mucha suerte. Aunque creo que te lo regalaría, tú necesitas un celular y a mí me sobra uno.

Alonso (volteando):
-Jajaja, ese es. (Camina hacia ella y se detiene frente a ella) Muchas gracias.
(Alonso intenta tomar el celular pero Estela aleja la mano y repite el juego unas cuantas veces) ¿Qué sucede? ¿Por qué no me lo das?

Estela:
- ¿Cómo sé que es tuyo? (ríe levemente) ¿tienes el nombre de tu novia acá? Quizá podrías decirme cómo la tienes guardada y si existe el contacto te lo doy.

Alonso:
-Es mío, y no tengo novia. Pero puedes ver las últimas llamadas y sabrás que he llamado a Romina.

Estela (jugando con el celular):
-Sí, tienes razón, acá está Romina como la última llamada.

Alonso:
-¿Ahora puedes dármelo? ¿O hay algo más que quisieras saber?

Estela:
-Ahora que lo mencionas, sí. Y te daré tu celular si responder a esta pregunta.

Alonso:
-Claro, pregúntame lo que sea.

Estela:
-He notado que las veces que nos hemos cruzado, o he ido al aula donde tienes clase me has visto por mucho tiempo. Es decir, te quedabas viéndome. Y… quiero saber ¿por qué?

viernes, 8 de abril de 2011

Titulo pendiente.

Un hombre, cualquiera como muchos, camina por el pasillo más largo del quinto piso de la universidad. Lee un libro, como pocos, cuyas letras comienzan a crispar de color: negras, azules, moradas y, finalmente, verde.

Con la mano izquierda se soba los ojos y aleja el libro con la derecha. Mira a sus costados, los demás estudiantes caminan despreocupados. Cada rostro que pasa, es color verde, no hay excepción. Pareciese como si usara lentes de luna verde. Los estudiantes pasan y desaparecen, uno por uno hasta dejar al hombre solo.

El pasillo para él, nadie más. La soledad lo vuelve loco, la desesperación lo invade, empieza  a sudar frío y a temblar. Los colores se crispan nuevamente: verde, azul  y rojo. Desaparecen los casilleros y desaparecen las aulas, todo parece como si la sangre se escurriera por su rostro y manchase el mundo que ve. Y, cual toro de lidia, empieza, el hombre, a correr; enfurecido al comienzo y asustado al final. Grita y clama por ayuda, las paredes se pierden; corre más rápido. De pronto un golpe, un ruido, un dolor y la calma. El suelo desaparece y su cuerpo se enrojece mientras los curiosos empiezan a formarse alrededor esperando que llegue el fiscal.

martes, 1 de marzo de 2011

Qué rápido pasó el verano (Parte 1 de 3)

Aunque por el calor no lo parece el verano se ha acabado ya. Y creí que sería bueno recapitular lo que me sucedió en el verano desde un poco antes que comience. Creo que este verano tres sucesos han sido los más importantes de este verano. El primero y el más importante son los buenos amigos que he ganado, si pudiera calificarse a los amigos según su clase, diría que son amigos clase A. Lo segundo –y sigue la jerarquía-  es mi viaje a Lima y a Cusco. Lo tercero son los amigos que he perdido este verano y los errores que he cometido.

Comenzaré por describir un poco a cada uno de los cinco buenos amigos que hice este verano.

Primero está Raúl –el oso-, a Raúl lo conocí al regreso de mi viaje a Cusco cuando llamé a Carlos para tomar un vodka que traía de Cusco. Carlos dijo que iría con Raúl y le dije que normal, había escuchado de él a través de otros amigos.

Me cayó muy bien cuando lo conocí, hablamos de muchas cosas: mujeres, amigos, Chiclayo y, entre otras, su viaje a Europa y su idilio con una portuguesa. De esa noche recordaré a Carlos orinando frente al Jockey plaza y el maldito sánguche que me costó como 8 soles (sí, soy tacaño).

De la personalidad de Raúl puedo decir que es un hombre que tiene la facilidad de vivir en su mundo, y es que me atrevo a decir que Raúl tiene un mundo dentro de sí del que puede salir y entrar cuando se le antoje. Creo que es una persona muy creativa, culta, inteligente y amable.

Otro buen amigo, y a quien admiro bastante, es Carlos –a quien mencioné antes-. A él lo conocí –por su nombre real- en febrero del año pasado. En una reunión estaba tomando en su grupo y me preguntó: ¿tú no jugabas Rakion en el paonet?¿no te llamabas Dercox? Yo soy matajudíos ¿te acuerdas? Y claro, yo era Dercox y me acordaba de Matajudios. Luego de esa reunión nos vimos poquísimas veces el resto del año. Fue apenas en diciembre cuando empezamos a volvernos amigos.

De la personalidad de Carlos puedo decir que es alguien admirable. Es alguien sabio, con un mar de conocimientos, alguien con quien puedes conversar de todo, desde ánimes hasta economía y política –aunque no le agrada mucho hablar de ello-. Pero creo que la inteligencia de Carlos es la social, es una persona que sabe llevarse bien con cualquiera sin necesidad de cambiar su personalidad, él no necesita fingir y no se preocupa por encajar. Por cierto, olvidé mencionar que Carlos me parece una persona muy modesta.

Otro buen amigo es Giuliano, lo conocí por Marco –aunque en realidad conocí a todos estos buenos amigos por Marco-, su hermano. A Giuliano alias “Gallo” lo conocí… bueno creo que no recuerdo dónde o cómo lo conocí. Y no hablamos mucho durante el año pasado hasta que empezamos a jugar Póker o ir al club este verano.

De Giuliano puedo decir que, aunque me falta conocerlo mejor, es una persona honesta, inteligente y dedicada. Creo que de todos nosotros es el más maduro y el más amable; si tuviese una palabra para describir a Giuliano sería: Noble. ESE ES MI GALLO.

Debo hablar de José, más conocido como “Gato”. Él ha sido, de todos mis buenos amigos, con quien mejor me he llevado.
Creo que debido a nuestra común egolatría y posible narcisismo –sin ánimos de ofender, sé que no será así-. A Gato lo conocí el año pasado durante la reunión de una chica a la que ni él ni yo fuimos invitados formalmente. No me cayó muy bien cuando lo conocí porque defendía el relativismo y pretendía engañarme diciendo que conocía a Vargas Llosa, incluso lo llamó. Pero durante el resto del año salí con él varias veces –a través de Marco- y me fue cayendo muy bien hasta este verano que con ánimos lo llamé hermano.

Gato es una persona muy peculiar, amable, caballerosa e inteligente. Con un absurdo dejo español cuando se exalta –coño ¿cómo es posible?; joder ¿qué te pasa?- y con una afición por las camisas y los polos pegados. Es una persona testaruda pero en el buen sentido, porque defiende hasta las últimas sus ideas sin importarle lo que se diga o se piense de él –ojo, siempre defiende con argumentos-, Gato es un fanático del “por qué”; siempre trata de extraerle una razón a todo lo que se dice o se hace.

El quinto buen amigo es Marco, a quien tuve el gusto de conocer y tratar por casi todo el año pasado, aunque no recuerdo cuándo o dónde lo conocí. Marco fue quien me presentó a todos estos grandes amigos, y es también a quien más quiero; también el primero de mis amigos de tildarlo de hermano. Él es quizá la mejor persona que conozco, con errores varios y virtudes abundantes. La primera persona que conocí con los mismos gustos por la lectura que yo tengo –aunque él entiende los poemas y a mí no me gustan-; la primera persona que conocí con  la misma aspiración que yo de ser escritor; la primera persona que conocí con las mismas ideas políticas que yo. Marco me ha enseñado más cosas de las que he reconocido. Es quizá la única persona que me ha llevado a entender mis errores a través de la razón.

Pero no se parece a mí tanto, yo soy realmente ególatra –y quien lea esto y me conozca no podrá negarlo; soy la persona más ególatra que conozco, aunque Gato está bastante cerca.- y Marquito no tiene el ego del tamaño del mío pero sí tiene un buen ego. Él es una persona muy inteligente y muy sabia, aunque algunas veces se deja cegar.

Estos son los cinco magníficos amigos con quienes tuve la suerte de compartir el verano –o parte de él con algunos amigos- y parte de mi vida. No olvidaré, cachorros, las reuniones en la “terraza” de mi casa o las noches de póker o en el club; tampoco las largas conversaciones y cortas discusiones. Lo bueno es que con ustedes se aprende mucho y siempre se discuten las ideas, nunca nuestra amistad.

lunes, 28 de febrero de 2011

La diosa amor

Hoy quiero hablarles jóvenes padawans acerca de un tema tremendamente inquietante. Quiero hablarles del terrible problema de “La diosa amor”.

Todos en algún momento se enamoran, es una necesidad social de la persona. El enamoramiento es un estado que combina reacciones fisiológicas, sentimientos, sensaciones, emociones; un enamorado se aturde, pierde la noción del tiempo, un enamorado “Voit la vie en rose”. Pero creo que lo más común cuando uno se enamora es la idiotez que adopta.

Hay un problema grave con algunos enamorados, y es que confunden estar enamorados con amar a alguien. El enamoramiento es un estado, el amor es un comportamiento. Muchas veces el amar a una persona implica luchar contra el lado idiota del enamoramiento, usar la razón y buscar únicamente el bien de la otra persona.

Lo que sucede con los enamorados es que suelen creer en esta especie de diosa que justifica todo tipo de actos “en nombre del amor”. Los enamorados suelen cometer locuras, idioteces o injusticias justificándose  que fue hecho por amor, y que el amor lo vale. No es que yo sea un anti-romántico, para nada. Lo que en realidad soy es: un anti-romanticismo.

El romance es un intermedio ameno en el que el amor y el enamoramiento encuentran su punto de equilibrio. El romanticismo es un punto donde el enamoramiento deja de lado el amor –que implica la razón y la voluntad- para adueñarse de la situación.

La diosa amor no es ajena a todos, yo la he conocido bien. Los amantes suelen glorificar o santificar sus actos por haber sido realizados por “amor”. No es una ni dos veces las que he escuchado en las noticias: La maté porque la amaba, yo la golpee porque la amo y ella me engañó, y decenas de frases como estas poniendo el falso amor como razón para los errores.

Que me odien los que me odian y que se les sumen los fanáticos de Romeo y Julieta pero esa pareja es el típico ejemplo de idolatría del amor. Dos jóvenes que se matan porque creen que su amante ha muerto ¿es acaso el amor razón de muerte? Romeo y Julieta son dos niños que viven cegados y controlados por sus impulso y su natural raciocinio hormonal adolecente.

Otro de mis ejemplos favoritos son la pareja de enamorados más melosa del mundo cuando uno de ellos debe irse a otra ciudad puesto que ha conseguido la oportunidad de estudiar en una universidad magnífica. Y no quieren separarse, y como están tan enamorados no se separarán y decide rechazar la oportunidad o forzar al otro a rechazarla.

Otro muy bueno es la pareja de enamorados que pierde la noción del tiempo. Siempre dicen: tus padres no comprenden que nos amamos y por eso no te dejan salir conmigo. No, idiota, es porque sale contigo y llega a las 3 de la mañana oliendo a telo barato.

O la parejita que busca la prueba de amor. -Si me amaras de verdad te quitarías la ropa ahora mismo y haríamos “el amor” y luego me harías un petardo –Pero yo quería esperar hasta el matrimonio. –Pero si me amaras harías caso a tu cuerpo y a tus instintos animales y tendríamos sexo toda noche. Cachorros, cualquier imbécil puede hacer lo que su cuerpo le ordena; pero no cualquiera puede controlar sus impulsos.

La diosa amor es para los amantes irracionales como Alá para los musulmanes extremistas. Creen que esté ídolo es causa suficiente para cometer homicidios, atentados o idioteces de menor escala. Sólo piénselo por un momento:

-Muerte a los infieles, rararaararararaara (BOOM).
¿Por qué lo hizo? Por Alá.

-Eres una zorra, yo te amo. Tú no te puedes ir con ese imbécil, tú eres mía. Si no eres mía te mato. (Bang).
-Señor ¿Por qué la mató?
-Por amor (llorando).

-¿Por qué te acostaste con él?
-Por amor.
-Mamita el bebé no come amor, no vomita amor y no caga amor. No puedes ir a la farmacia, pedir un paquete de pañales y pagarlos con amor.

Creo que lo mejor para acabar con este terrible problema de la diosa amor es anteponer la razón a los impulsos. Antes de hacer cualquier tipo de tontería “por amor” hay que sentarse , relajarse, tener la cabeza fría y pensar muy bien las cosas antes de actuar. Lo mejor es preguntarse: ¿Es, realmente, lo mejor para él/ella?

El verdadero amor no es sentir lo mejor, es dar lo mejor.

martes, 30 de noviembre de 2010

Juguemos un Juego (Sexta Parte)

Querida Amalia:

Amiga mía, sé que te preguntarás la razón por la que te escribo una carta en este tiempo de e-mails. La razón por la que sacrifico la velocidad que ofrece el internet es que toda mi vida he considerado que los e-mails vuelven la comunicación más impersonal, los e-mails son fríos, sin la sensación familiar que ofrece una carta a puño y letra. Y tú, que siempre has sido mi mejor amiga, no te mereces un e-mail, te mereces una carta.

Discúlpame por no haberte escrito antes, no era mi intención dejarte de lado; es sólo que esperaba a que estuviésemos instalados en la casa para poder escribirte. Santiago y yo llevamos en Madrid casi dos años. Cuando llegamos nos alojamos en un hotel durante unas semanas hasta que Santiago consiguió un departamento para alquilar. En ese departamento estuvimos dos meses, esperando a que se desocupe otro para que nosotros lo comprásemos. Luego de comprar nuestro primer departamento Santiago me pidió que preparara los planos para una casa, me pidió que diseñe la casa que siempre he querido. Sólo especificó tres cosas: quería una cava de vino, un bar y un salón de juegos. Lo demás lo podía decidir yo. Y la verdad es que he diseñado una casa hermosa, es sin duda maravillosa.

La construcción de la casa se demoró al menos un año, hace apenas unas semanas que nos hemos mudado y hace apenas una semana que he terminado de decorar hasta el último cuarto de la casa. He construido un cuarto –aunque Santiago no lo sabe- que será para el bebé. No creas que estoy embarazada, es sólo que me ataca, de vez en cuando, la idea de tener un hijo con Santiago. Aunque sé bien que Santiago moriría por tener una hija, a mí me da lo mismo. Sólo espero que él esté de acuerdo y que sea pronto.

Santiago ha conseguido un trabajo de editor en un periódico local, aunque más que por el sueldo lo hace por tener una ocupación. De noche escribe para un periódico de Lima y otro en Bogotá. En ambos publica lo mismo. Te mentiría si te dijera que sé sobre qué escribe, la verdad es que nunca me ha interesado leer algo que él haya escrito; no es por mala o porque escriba mal, sino que no me apetece leer algo de Santiago.

Nos levantamos todos los días a las nueve de la mañana y desayunamos juntos. Supuestamente la organización era: un día prepara el desayuno él y al otro yo. Pero yo nunca cocino así que Santiago termina preparando el desayuno todos los días. Siempre vuelve como a las dos de la tarde y almorzamos juntos en la casa (para esa hora la cocinera ya debe haber preparado el almuerzo) y la sobremesa suele durar hasta las tres (hora en que Santiago vuelve al periódico). Dando las seis Santiago está de vuelta a la casa y salimos a caminar por la ciudad hasta que anochece, luego elegimos un lugar y nos sentamos a tomar un café y comer algo. Cuando volvemos a la casa yo me echo en la cama a leer un libro y Santiago se va al bar y se sirve un trago, toma notas en una libreta que siempre lleva consigo y luego va a su escritorio a escribir.

Algunos días jugamos billas juntos y tomamos algo, oh amiga nuestro amor está tan fresco, siento como si fuésemos dos adolecentes enamorados. Otros días vienen algunos amigos de Santiago a la casa para jugar póker. Nunca me molesto por ellos, como mi madre solía molestarse con mi padre por culpa de sus amigos, suelen ser muy caballerosos y no hacen mucho ruido.

Sobre nuestras familias, la mía no quiere saber nada de mí y la de Santiago no nos apoya, pero tampoco nos rechaza. Nuestro viaje fue tan inesperado que hirió a muchas personas. Pero Santiago dice que no necesitamos de ellos para ser felices. Yo creo lo mismo, aunque extraño mucho a mis padres. Les enviaré una carta y esperaré su respuesta. Aunque sé que mi madre no me odia, pero mi padre está tan decepcionado por haber roto mi matrimonio que mi madre teme comunicarse conmigo.

Debo confesar algo: nunca había sido tan feliz con alguien. Soy muy feliz con Santiago, cada día es más bello que el anterior. Y yo lo amo, es perfecto. Pero, claro, no se lo he dicho. Sabes que a los hombres se les sube a la cabeza muy rápido. Se lo diré en algún momento, aunque él ya debe saberlo. Me siento como una niña armando el nombre de nuestros hijos con nuestros apellidos, me imagino como “La señora de Santiago Quevedo”, pienso en pasar el resto de nuestras vidas juntos y veo nuestro mausoleo dónde nos enterrarán juntos.

Debo confesar algo más: existe una razón oculta por la que te he escrito esta carta. Y es que Santiago me ha pedido matrimonio –hace apenas tres días- y yo he aceptado. Quisiera que vengas a España para que puedas estar en mi boda. Si bien yo nunca me casé por la iglesia y podríamos casarnos mañana mismo, estamos esperando que salgan los papeles de mi divorcio para casarnos. Estimamos que será en menos de un año. Y tan pronto como salgan nos casaremos.

 
Con mucho cariño, tu fiel amiga Sonia Ruiz.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Juguemos un Juego (Quinta Parte)

-Discúlpame un momento Sonia, debo hacer un llamada.
-No importa, yo te espero.

Santiago se levantó de la mesa y salió del bar. Habló por el celular unos diez o quizá doce minutos. Al volver al bar encontró el lugar de Sonia vacio, los tragos seguían sobre la mesa. Santiago se sentó y bebió de un sorbo su vaso de whisky con soda. Luego ordenó que le trajeran otro.

-No habrás pensado que te he dejado, que me he arrepentido -dijo Sonia tras de Santiago- ¿verdad?
-¿Cómo podría pensar algo así?
-Sólo he salido a tomar algo de aire.-Sonia puso sus manos en la espalda de Santiago, luego se acercó a sus labios y lo besó- Te extrañé.
-Me ausentaré más seguido.
-Santiago, ¿tú recuerdas nuestro primer beso?
-No, creo que no.
-Fue en aquella discoteca, creo que se llamaba "Neverland". Era del padre de tu ex novia ¿lo recuerdas? Cuando se enteró, de que te besé, te prohibió volver a verme, exigía que te alejaras de mí; ella me odiaba. Pero tú tan galante te negaste a hacerlo, le dijiste que no podía pedirte algo así. Ella amenazó con terminar todo, y tú terminaste con ella.
-Lo recuerdo, pero ¿cómo supiste todo eso? Yo nunca te lo conté.
-Una amiga suya me lo contó. Me alegré tanto al saber que me defendiste, y también me alegró que terminaras con ella. Era una cretina, siempre eliges malas chicas Santiago.
-Amén.
-¿Te acuerdas de aquella noche? Yo había salido con Sara, Nicole, Gabriela y otras amigas. Me convencieron en hacer previos en la casa de Gaby, tomamos tequila; era la primera vez que tomaba tequila. Nunca me ha gustado mucho tomar. Por ello me embriagué, era mi primera borrachera. Y tú llegaste a la discoteca, muy guapo, con tus amigos. Oh Santiaguito me alegré tanto al verte, sentía que estaba en el cielo y tú llegabas a visitarme para hacerlo todo más hermoso. Sólo pensé en correr hacia ti, besarte y abrazarte. Tú llegaste tan serio, frío e indiferente. Ni siquiera te fijaste en mí. Pero yo corrí y te besé, fue tan bonito ese beso; pude haber estado muy ebria, pero recuerdo ese beso. Luego te abrazé y te susurré al oido que sabía que tú todavía me amabas. ¿Recuerdas que cuando tenías dieciocho me dijiste que me amabas? Por eso dije eso. Tú me abrazaste muy fuerte y me susurraste al oido que debía dejar de tomar, que debía irme a mi casa. Yo me negué, por supuesto. Y tú, tan lindo, te quedaste a mi lado toda la noche. Bailábamos, conversábamos y cuando me quedé dormida me abrazaste y abrigaste. Luego me cargaste y me sacaste de la discoteca y me llevaste a mi casa. Mis padres se despertaron y te preguntaron qué es lo que había pasado. Tú mentiste por mí, dijiste que fuimos a bailar y dejamos los tragos en la mesa; que cuando regresamos yo tomé mi trago y me chocó. Que no te explicabas qué había pasado pues de repente me empecé a sentir mal. Yo me desperté en tus brazos y vi a mis padres conversando contigo. Te pedí que me lleves a mi cuarto y me acuestes en mi cama. Lo hiciste. Y cuando, mientras me arropabas, quise besarte me rechazaste tan sutilmente, con tanto cariño. Oh Santiaguito me enamoré de ti esa noche. A la mañana siguiente llegaste a verme, me trajiste un café y unas flores, luego te fuiste porque tenías que trabajar. Mis amigas me contaron que los chicos me seguían como buitres, esperando que te alejes de mí para llegar y aprovecharse de mi estado, pero tú no me dejaste en ningún momento. No te importó ganarte la enemistad de ellos. Y tú ni siquiera intentaste aprovecharte de mí, creo que yo quise aprovecharme de ti. Fue esa noche Santiaguito que, buscando una noche de diversión y descontrol, me enamoré de ti.
-Recuerdo la noche, y no dudo que te hayas enamorado, dos o tres meses después estuvimos y fuimos muy felices. Hasta después de la muerte de Ricardo, no comprendo por qué me dejaste después de su muerte.
-Eso ya no importa Santiago, ya olvidémoslo. Sólo recordemos las cosas buenas. ¿A quién llamaste hace un rato?
-Llamé a reservar un cuarto en el Garza Hotel, llamé a un amigo de LAN y a otro amigo para que vaya en la mañana a recoger tu pasaporte. Viajaremos en la tarde a Lima y mañana iremos a España.
-¿Y mi ropa?, ¿y mis cosas?
-Compraremos ropa y cosas nuevas.
-Está bien, ¿podemos ir al hotel ahora?
- Tomaré un trago más y nos iremos.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Linardo, el gato con pedigree

Déjenme contarles una historia, sobre un gato llamado Linardo. Yo lo conocí, solíamos andar por el club mientras conversábamos de gatas y ratones. De vez en cuando Linardo prendía un ratón y fumaba. Linardo, era el gato de la familia más adinera de la ciudad. Decían que dormía en sábanas de seda y que el colchón de su cama había sido traído, en exclusividad para él, desde Suiza. Bebía únicamente leche importada de vaca holandesa, y comía croquetas de pescado con sabor a sushi traídas desde Japón.
Linardo cuando no salía de su casa en la camioneta, y decidía ir caminando a algún lugar levantaba la cola lo más que pudiese, solía decir que no gustaba que se le ensuciase. No todos los gatos lo querían, aunque muchos querían su amistad. Todas las gatas sabían quién era Linardo, y las que lo conocían se enamoraban absurdamente de él. Sin embargo Linardo no se emparejaba con ninguna gata que no tuviese certificado de pedigree. Linardo creía que podía tener a la gata que quisiese, y tenía razón. Las gatas se idiotizaban cuando Linardo les hablaba.

Fue un día nublado cuando Linardo salió con sus dueños a la veterinaria, magna fue su sorpresa al descubrir que esta había sido mudada. Ahora se encontraba en las periferias de la ciudad y era una clínica animal de cinco pisos, con servicios únicos en el país. Linardo miraba por la ventana de la camioneta cuando visualizó a lo lejos a una hermosa gata persa mirando con soberbia al mundo. Linardo sacó pecho y puso la mejor cara, sin embargo la hermosa gata persa ni siquiera se inmutó. Linardo bajó de la camioneta y pasó delante de ella levantando la cola, pero la hermosa gata persa ni lo notó.

Aquella noche Linardo no podía concebir el sueño a causa de la incertidumbre que esa hermosa había causado en él. Por lo que se escapó y me buscó. Me preguntó si la conocía y le dije que sí sabía de ella. Era una gata callejera. Linardo salió corriendo en busca de la gata, pero entre las calles oscuras de la ciudad se perdió. Un ronroneo maravilloso lo guió hasta la silueta de una gata que le ronroneaba a la luna. Linardo se acercó y reconoció a la hermosa gata persa –cuyo nombre no recuerdo- sentada sobre un muro de ladrillos.

Linardo se despejó la garganta y de manera directa, sin tapujos le preguntó “¿Por qué no te enamoraste de mí al verme? ¿Acaso no sabes quién soy?”. La gata –cuyo nombre aún no recuerdo- miró Linardo de reojo y le respondió “¿Acaso no sabes tú quién soy yo? ¿Acaso debo amarte sólo por tu nombre o tu rostro? ¿Acaso crees que basta el pedigree, la familia o el nombre para amar? Yo no te conozco, ahora si no te molesta déjame sola”.

Linardo regresaba por dónde llego cuando la voz de una persona llamó: michi michi. Linardo como gato de casa y confiado de los humanos se acercó a la persona, esta lo tomó de la cola y guardó en un saco.

A la mañana siguiente toda la familia de Linardo salió a buscarlo, se dividieron en dos grupos. Estoy seguro de que toda la familia pasó por dónde se encontraba Linardo al menos cinco veces. Linardo se encontraba en la estantería de un local del barrio chino, despellejado y colgado y exhibido junto con otros cuatro gatos como el menú económico. De todos ellos sólo Linardo tenía certificado de pedigree.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Juguemos un Juego (Cuarta Parte)

Santiago salió del cuarto en el que se encontraba y fue a ver al padre de un compañero de promoción y amigo del padre de Santiago que creía trabajaba en aquella comisaría. La última vez que supo de él era comandante, por lo que creyó que podría ayudarlo. Fue él quien le informó de la muerte de Ricardo, pese a que, como comandante, no era su función, sin embargo como amigo de la familia se sintió obligado. Lo llamó en medio de la madrugada y con la voz que se le quebraba se identificaba al otro lado de la línea -buenas noches señor, le habla el comandante...-, pero mientras decía su nombre la pena quebró su voz y dijo: Santiago tu hermano, Ricardito, ha muerto. Santiago no recuerda mucho más de aquella noche.

La mujer con la que salía se había quedado a dormir y contó ver a Santiago caer al piso mientras perdía el conocimiento. Media hora después Santiago se despertó en una camilla de urgencias del hospital Almanzor Aguinaga con la sensación de ser él quien había muerto y no su hermano; que su hermano lo estaría esperando fuera de urgencias. Santiago odiaba esa comisaría, le recordaba la muerte de su hermano y su ahijado. Sin embargo sabía que no debía vivir con la pena por siempre. Fue a buscar a Roberto para conversar sobre la fianza.

 
-Con dos mil cocos basta Santiago. Ya sabes que tu padre y yo éramos muy buenos amigos. Además tú y Alonso, son amigos desde el colegio, terminaron juntos. Y ni hablar de Ricardito, tú sabes que yo lo estimaba mucho a tu hermano.
-Por favor Roberto déjame darte tres mil. Es por las molestias que la señorita pudo haber causado en la comisaría. Si deseas reparte los otros mil entre los hombres de turno. Es lo mínimo que puedo hacer por haberse portado tan bien conmigo y con ella. Sin hablar del favor de borrar este suceso del historial de la señorita Ruiz y guardar el secreto de mi visita.
-Está bien Santiago no te preocupes. Muchas gracias. Estate seguro de que ninguno de mis hombres hablará del tema.
-Muchas gracias Roberto, ahora debo irme. Saludos a Alonso y a su esposa.

Santiago salió de la oficina de Roberto y se dirigió al cuarto donde había estado con Sonia. Por los pasadizos de la comizaría los policías lo miraban con furia. La mayoría de ellos eran de la sierra y su crianza los había vuelto reacios a la clase alta. La influencia del terrorismo había ido expandiéndose desde que soltaron a todos aquellos senderistas en el segundo gobierno de Alan. Ahora las ciudades estaban llenas de gente de la sierra con ideas senderistas o emerretistas. Con odio hacia la clase alta, y Santiago era miembro de una de las familias más antiguas y adineradas de la ciudad. Al llegar al cuarto dónde había estado con Sonia notó que moría de frío, así que tomó su abrigo y lo paso por los hombros de Sonía mientras le daba la orden de irse.

-¿A dónde vamos? -preguntó Sonia cuando cerró la puerta del auto de Santiago.
-Al country.
-No podemos ir, me conocen, conocen a mi marido.
-Eso ya no importa, después de esta noche no volverás con él. Nos iremos a europa y viviremos allí.
-Está bien.

Llegaron al Country y entraron al bar. Santiago llamó al barman a su mesa y le dijo:
-Dame dos whisky con cola, una cajetilla de cigarrillos y trae un cenicero.-pagó lo que debía y de su billetera sacó un billete de cien, lo puso en la mano del barman y agregó- La señora y yo no hemos venido esta noche, que quede claro entre los demás empleados.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Juguemos un Juego (Tercera parte)

-No seas resentido Santiaguito. Si no encontraste tu corazón es porque nunca lo boté, lo tengo guardado.
-No seas sarcástica. Nunca me ha gustado que me me trates como si todo esto fuese únicamente un juego. Dime ¿Me extrañaste?
-¿Lo hiciste tú?
-Respóndeme primero- Santiago sabía que Sonia no admitiría haberlo extrañado si él le confesaba primero que no lo había hecho. Era demasiado orgullosa para permitírselo, debía llevar siempre la delantera, ella debía siempre tenerlo todo bajo control.
-Dímelo tú.
-No lo hice.
-Yo también te extrañé.
-Te digo que no lo hice. Ni siquiera recordaba que existías.
-Si no me hubieras extrañado no me estarías preguntando, ahora mismo, si yo te extrañé. ¿Sabes por qué te amo Santiago?
-No, ¿por qué?
-Porque yo crecí contigo, maduré a tu lado y tú al mío. Porque quien eres hoy día es gracias a mi influencia, y no te molestes en negarlo, lo sabes muy bien. Además yo soy quien soy, también, gracias a ti. Me ayudaste a crecer, a madurar, a ser una mejor persona. Y sé que yo hice lo mismo contigo. Porque nadie, lo juro, nadie me conoce mejor que tú. Y no conozco a nadie mejor que a ti. Aunque sea sólo en noches como esta que soy la Sonia que conoces, y tú sigues siendo el Santiaguito que conozco. Yo sé que parecemos hermanos, pero es eso lo que me encanta. Que nos conocemos y nos queremos como hermanos pero no somos hermanos, podemos amarnos, podemos besarnos, podemos representar nuestro amor en la noche entre las sábanas de un hotel.
-¿Y por qué amas a tu marido?
-Porque cada vez que estoy con él me acuerdo de ti. Él es todo lo que tú no eres.
-¿Es un alago verdad? Porque él es un imbécil.
-Lo sé, es un imbécil. Pero él contrasta tanto contigo que cuando lo veo, cuando estoy con él o cuando pienso en él sólo me acuerdo de ti. Pero Santiaguito lo que no sé es por qué te sigues acostando con tantas putas. Si tan sólo lo pidieras yo me quedaría a tu lado después del alba. ¿Por qué no me lo pides?, ¿por qué nunca lo pediste?
-¿Lo harías? Nunca creí que lo harías.
-¿Por qué no habría de hacerlo? Te amo. Sólo tenías que pedirlo, pero nunca lo hacías. Pero yo igual te daba otra oportunidad cada vez que te volvía a llamar. Verdad que soy una mujercita excelente.
-Lo eres, eres una mujercita excelente.
-Aún me amas Santiaguito, no sé por qué insistes en jugar a que no lo haces.
-Yo no sé por qué te gusta jugar a que lo haces. Estoy realmente cansado de estos juegos, de estos encuentros, de cuartos fríos en una comisaría. Si vamos a hablar nos iremos de aquí. Voy a pagar tu fianza y nos vamos a tomar un trago.
-Si es lo que quieres.
-Lo es.

domingo, 24 de octubre de 2010

Nuesto Amor

Sentado al borde la cama
con tu silueta en mi espalda.
Recordándome el pecado,
el pecado que me recuerda a ti.

Me recuerda aquel tango
que bailamos en un suelo de cristal.
Con cada paso... una caricia.
Con cada paso... quebramos el cristal.

Y caemos en el taciturno abismo
que llamamos nuestro amor.
Y en el fondo acogedor:
Tus mentiras, tus tretas, tus juegos... yo.

domingo, 17 de octubre de 2010

Juguemos un Juego (Segunda Parte)

A Santiago la noticia le impactó más de lo que pudiese haber esperado en el pasado. En aquellos días en los que aceptaba que Sonia y él no llegarían a estar juntos. Siempre supo, aunque nunca lo aceptó, que un día de estos Sonia se casaría. Pero guardaba el deseo que ese día nunca llegaría. Se sentía ofendido, como si hubieran jugado con él todas aquellas veces que se encontraron. Sentía que Sonia jugaba con él en este momento. Debía enterrar la esperanza de que algún día volviesen a estar juntos. La esperanza de que éstos encuentros en medio de la madrugada no sean efímeros por siempre, que llegara el alba y ambos sigan juntos.

El policía volvió con los cafés que Santiago le pidió. Insistió con que se quedase con el vuelto, pero el policía se negó.

-Déjame adivinar -dijo Santiago sepultando el silencio-, te casaste una playa con la arena blanca, tú de blanco, él de blanco, el cura de blanco. El único contraste lo creaba el azul del océano y el naranja del atardecer. Tienes dos hijos, ninguno es tuyo. Son del primer matrimonio de tu marido. Nunca ansiaste tener hijos que tú hayas dado a luz. Vives en una casa de dos pisos que tú diseñaste. Luego de diseñar la casa nunca más volviste a trabajar. Tienes dos perros, shar pei, llevan nombres extraños cuyo significado tu esposo no entiende. Los domingos van a misa juntos a la Basílica de San Antonio. Tú viajas seguido por el mundo, una o dos veces al año. El primer año fuiste a la India y a Praga. A la India porque te llama la atención todo lo budista y a Praga porque te gusta el nombre de la ciudad.
-Tienes razón. Pero no te portes como mi inquisidor. No tienes derecho a hacerlo. ¿Qué me puedes decir de ti? Tienes dos novias y no te importa si terminas con alguna. Por tu cabeza la palabra matrimonio no encuentra su significado. Eres egoista y egocéntrico. Tu vida, tu mundo son sólo tus libros, tu departamento, tus antigüedades, las cartas que me escribiste y recuperaste cuando terminamos en un cajón con llave. Cada vez que te emborrachas las lees nuevamente, aunque sabes que no tiene caso porque las sabes de memoria. Te importa salir a tomar con tus amigos en el club. ¿Por qué no maduras? ¿Por qué no creces? Sienta cabeza, cásate con una de tus novias, o al menos enamórate de alguna. ¿Qué tienes contra el amor? Ya es hora que demuestres que tienes un corazón.

-¡Yo no tengo un corazón!
-¿Qué le pasó? -dijo Sonia con un tono burlón que ofuscó a Santiago- ¿Lo perdiste en el casino o en la cama de alguna de las putas con las que te acuestas?
-No lo encontré luego que lo botaste como basura.

domingo, 10 de octubre de 2010

Juguemos un Juego

Suena el teléfono.
-¿Quién es?
-¿Santiago? Soy yo -dijo una voz al otro lado de la línea- ¿No me reconoces?
-¿Quién? -preguntó a pesar que sabía muy bien de quién se trataba- ¿Quién yo?
-Soy Sonia, Santiago, ¿Te acuerdas de mí? -se podía sentir, incluso tocar la desilusión en su voz.
-Claro, Sonia. Es la una y media, puedo saber a qué se debe tu llamada.
-Santiago no tengo mucho tiempo ¿Puedes venir a verme?
-¿Tiene que ser ahora mismo?
-Sí.
-Bueno, ¿Dónde te encuentras?
-En la Comisaría Cesar Llatas. Por Saenz-Peña. Por donde quedaba la casa de Ricardo.
-Bueno, iré en 20 minutos.

La llamada no llegó a sorprender a Santiago más de lo que una llamada a esa podría sorprender a una persona. Sucede de vez en cuando cada dos o tres años desde que Santiago tenía 19. Sonia y él fueron novios. Su relación duró poco menos de seis meses. La inmadurez de Sonia y el caracter impulsivo de Santiago fueron la causa de su rompimiento. Desde aquel día en que terminaron Santiago sepultó a Sonia, y Sonia asesinó a Santiago. Dejaron muy clara su relación para el resto de sus amigos. Todos creían que ellos no volvieron ni volverían a hablarse. Aunque aquello no era del todo cierto. Ambos se encontraban en ciertas ocasiones, como esta. Siempre en la madrugada. Siempre en una comisaría. Nunca después del alba. Jugaban a ser amigos nuevamente, que nada había pasado, se besaban, se abrazaban, se decían que se amaban. Y luego con el sol tenían que irse. Volver a aquella paz indeseada que ambos habían formado, y habían adoptado como sus vidas. Por esas horas de guerra con el mundo, ambos eran quienes deseaban ser. Como dos niños que juegan a la casita. Ellos jugaban a que eran felices.

Veintiocho minutos después de la llamada de Sonia la imagen de un hombre con sombrero, paraguas y gabardina gris penetra la calma catacúmbica del umbral de la comisaría.

-Quiero hablar con Sonia Ruiz, por favor.
-Es familiar suyo -dijo un suboficial regordete con un bigote sobrecrecido y una gorra que disimulaba su calvicie. El gafete en su camisa decía "Roberto Camacho"- ¿Cómo se llama?
-Soy su abogado, Santiago Queveda.

Es curioso el miedo casi instintivo que le tienen los policias a los abogados. Santiago no ejercía su profesión con regularidad. Desde que egresó de la escuela de leyes no ha ejercido con regularidad su título. En contadas ocasiones ejerció su profesión, cuando algún amigo lo necesitaba por conducir ebrio o en caso de algún divorcio o demanda en la que necesitaran un favor.

Eso se debe a la primera y última vez que Santiago fue a juicio. Se trataba del divorcio de Ricardo, su hermano. Era el primer caso que llevaba Santiago pues acababa de salir de la escuela de leyes. Como el prodigio que era logró ganar el caso alegando que Alejandra, la esposa de Ricardo, era emocionalmente inestable. En una ocasión quemó a Nicolas, su hijo de cuatro años, con la plancha por no poder pronunciar una palabra bien. Santiago ganó el juicio y la custodia de Nicolás. Alejandra se quedó sin pensión, sin esposo, sin hijo, sin familia y con el repudio de la sociedad. Dos meses después Alejandra entró en el departamento de Ricardo con una magnum .38. Entró a hurtadillas en el cuarto de Ricardo y le disparó mientras dormía. El disparo levantó a Nicolas y fue al cuarto de Ricardo. Al ver a su madre con el arma en la mano y su padre sangrando en la cama él empezó a gritar. Alejandra le disparó entre los ojos sin piedad, como si no se tratase de su hijo. Luego se puso el arma en la sien y jaló del gatillo. Lo único que quedó se rostro se encontraba regado por las paredes del cuarto.

Sonia se encontraba en un cuarto con un escritorio en el centro y dos sillas, una de cada lado. Llevaba puesto un vestido de noche y joyas de oro. Fumaba un cigarrillo y cruzaba las piernas. Sonia es una mujer blanca a lo peruano, cabello castaño oscuro y piernas largas. Santiago se enamoró de ella hace más de 10 años. Y cada que se veían se volvía a enamorar. Su belleza era sólo superada por su intelecto. Santiago nunca conoció mujer más bella, inteligente y hábil. Toda su vida buscó a alguien igual o que por lo menos se asemeje. Sobra decir que nunca la encontró.

-¿Qué ha sucedido Sonia?
-Quería verte.
-¿Y qué hiciste? Robaste un auto, causaste un accidente, golpeaste alguien, perturbaste el orden público. ¿O todo?
-No importa, estás aquí.
-Y ¿Por qué querías verme?
-Tampoco importa, estás aquí.
-¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?¿Cinco años?
-Seis.
-¿Cómo has estado?
-Bastante bien.
-Espera.

Santiago se levantó y se acercó a la puerta. Llamó a un guardia bastante joven y le dió un billete de cincuenta soles. Le pidió que les traiga dos cafés americanos del centro.

-Disculpa, es algo tarde y no he estado durmiendo bien. Apenas hoy logré conciliar el sueño.
-Puedes irte si deseas hacerlo.
-Sabes que si no quisiera estar aquí ni siquiera hubiera venido.
-¿Todavía te acuestas con la zorra de Pamela?
-No, ya no.
-¿Tienes novia?
-Sí, dos. ¿Todavía sales con el imbécil del médico ese?
-Me casé con él.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Cuando Nadie Conversa con Cualquiera

Hay quienes me miran con odio.
Hay quienes me miran con lástima.
Hay quienes me miran con asco.
Hay quienes me miran con cólera.
Hay quienes me miran con repulsión.
Hay quienes me miran y me dan una moneda.
Hay quienes me dan una moneda y no me miran.
Hay quienes ni siquiera me miran,
Fingiendo que no soy parte de su mundo.
Hay quienes me miran porque no quieren hacerlo.

Siempre hay alguien que pasa y me da las sobras de algún almuerzo. Hay quienes me miran y piensan que estoy dónde estoy porque no hice nada con mi vida. Hay quienes me miran y culpan al estado. Hay quienes me miran y creen que estoy fingiendo.

Sentado, todo el día en una banca o en el suelo de alguna calle. Mirando cómo la gente con dinero pasa delante de mí. Y yo pienso, sueño, que soy como ellos. Me gusta entrar en sus vidas, soñar que soy una persona importante, con dinero. Alguien que por lo menos puede comprar su propio almuerzo todos los días. Que no tiene que esperar el asco de los demás, o la lástima de otros para poder comer.

El día es largo, sentado, sin poder levantarse porque muchas veces el hambre no te lo permite. Sentado en una vereda dónde la gente no es capaz de ofrecerte una mano para levantarte. Lo sé, sé que le daría asco a cualquiera. Sé que no me he bañado en semanas, o quizá meses. Ya no sé dónde termina la carca y empieza la piel.

Lo bueno es que el dolor de mis llagas –si sanan- es luego cubierto con la capa protectora de los cayos. En las noches en las que los jóvenes de la ciudad, esos jóvenes adinerados, vienen borrachos a golpearme por ser quién soy, por vivir dónde vivo, por tener lo que no tengo. Los cayos son mi armadura, impiden que los golpes causen mayor efecto. Y los cayos en mi corazón me impiden odiarlos.

Pero al fin y al cabo ¿a quién le importa lo que me pase? Los que no me ven como una lacra simplemente no me ven. A nadie le importan las toses o las fiebres. A nadie le importan mis sueños o mis dudas.

Todos siempre dicen o piensan que yo estoy dónde estoy porque yo mismo me conduje a este lugar. Piensan que yo soy el único culpable de todos mis problemas. Odio generalizar, pero es la verdad. Algunas veces una que otra persona; católico, evangélico, mormón, testigo de Jehová o de alguna de esas cojudeces; se detiene a decirme que yo soy el culpable de mis desdichas, o a decirme que si me uno a su religión me salvaré, o que si me muero me iré a un lugar mejor, donde la comida no me habrá de faltar.

Yo no creo en esas cojudeces, ellos lo dicen porque no tienen yagas en el estómago que les impiden asimilar la poca comida que pueden llevarse a la boca. Ellos lo dicen porque no tienen las heridas en los pies que yo tengo por los hongos que me salieron hace años. Ellos lo dicen porque no tienen que lidiar todos los días con el dolor de los moretones del día anterior. Ellos lo dicen porque no han probado lo que es respirar con neumonía, prácticamente vivir con ella. Ellos lo dicen porque no tienen a alguien que los empuje cada vez que quieren levantarse.

¿Dicen que yo no lucho? La vida que llevo es una constante lucha, he luchado más de lo que cualquiera de ellos que me miran y los que no me miran podrían luchar. Soy un hombre que se cansa de luchar y sigue luchando. Peleando una guerra que no termina hasta que yo termine. Yo lucho todos los días por seguir vivo.

Todos los días lucho contra la dama de negro. Tentadora y sensual que se me acerca y me mira a los ojos, la única que me mira a los ojos, la única que me habla con ternura.

Una vez tuve un amigo, alguien por quién preocuparme, alguien que cuidaba de mí. Alguien con quien compartir las sobras que me daban. Con quién compartir las limosnas. Alguien con quien compartir mis sueños. Contarle que quería ser médico, abogado, arquitecto o ingeniero… incluso presidente. Alguien con quien compartir el calor en una noche fría.

Un día él no llegó a la banca de siempre en el parque de siempre. Una noche compartí nuevamente las sobras con la soledad. Dos días después lo encontré tirado en una de las calles dónde se sentaba. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa en el rostro. Estaba muerto, estaba muerto y a nadie más que a mí le importaba. Nadie se preocupó por él, pensaban que estaba dormido o simplemente no pensaban en él. Dos días y nadie se percató de su muerte. La sanidad se lo llevó unas horas después que lo encontré, lo tiraron a una fosa común.

Después de tantos años, después de tantas miradas, después de tantas monedas y de tantas sobras, después de tantos golpes y de tantas enfermedades. He aprendido que lo único de lo que puedo estar seguro es que la caridad no existe. Todos quieren siempre algo a cambio. Ni el más católico de los católicos me da algo sin esperar a cambio la satisfacción de habérmelo dado.

Pero no los odio y mucho menos los envidio. Porque aquí dónde me ven, con harapos, con sarna, con yagas, con cayos, con mugre, con hedor, desaliñado y con hambre; yo sé, que en el fondo, llevo la sangre del mismo color que la suya. Y puedo enorgullecerme de tener algo que ellos no tienen, algo más valioso que todo su dinero, una virtud que no cualquiera consigue, la virtud del respeto. Yo respeto a todas las personas y por ello mi mirada siempre les da a los ojos.
Si escribiera yo alguna vez
una historia de amor,
no utilizaría yo
ni dragones, ni quimeras;
ni hechiceros, ni brujas;
ni princesas rosas, ni príncipes azules;
ni espadas, ni coronas;
ni diamantes, ni rubíes;
ni largos vestidos de boda, ni largas bodas de bien vestidos;
ni animales que hablan como personas, ni personas que hablan como animales;
ni carruajes hechos de calabazas, ni calabazas maneja carruajes;
ni brujas disfrazadas de viejecitas, ni viejecitas disfrazadas de brujas;
ni alfombras voladoras, ni voladores de alfombra de salón;
ni un lago con cisnes, ni cisnes sin lago;
ni una bella que es una bestia, ni una bestia que es bella;
ni un jorobado en Paris, ni Paris lleno de jorobados;
ni un joven con manos de tijeras, ni tijeras con mangos de hombre;
ni un pintor y una dama en un barco que se hunde, ni un iceberg sin barco que hundir;
ni una cuentista desvelada, ni mil y una noches en vela;
ni un cascanueces bailarín, ni un bailarín sin nueces;
ni Carmen la gitana, ni el cabo don José;
ni épicos amores de antaño, ni antaños épicos por sus amores;
ni rosas rojas, ni chocolates rellenos;
ni largos poemas de amores cortos, ni cortos poemas de amores largos;
ni Montesco, ni Capuleto;
ni un Romeo que muere por Julieta, ni una Julieta que se mata por Romeo.
No se requiere más para una historia de amor
que tú y yo.

Dos semanas, tres días, cuatro horas, cinco minutos y seis segundos

"A usted señor Joaquín Arizabalaga le quedan dos semanas, tres días, cuatro horas, cinco minutos y seis segundos de vida". Me dijo el doctor Rivasplata con cierta pesadez en su rostro. Me sorprende lo rápido que ha progresado la humanidad, hoy en día es posible que uno sepa con exactitud el instante de su muerte. ¿Y cuál fue el crimen que cometí? Fumar y beber.

-Gracias Mario -le digo al médico mientras estrecho su mano, guardando una calma catacúmbica y el tipo de serenidad que guarda uno cuando desarma desarmadores, o la apatía con la que uno se levanta de la cama se pone una bata sobre el pijama, se dirige a la farmacia y pide doscientos gramos de ratones calvos. No comprendía por qué el doctor estaba tan afligido, al fin de cuentas quien se va a morir soy yo-, fue un placer verte nuevamente.

Al llegar a mi casa aquella noche me detuve frente al calendario que tengo colgado tras la puerta de la cocina y dije para mí:

-Déjenme ver, hoy es viernes 14 de agosto y por lo tanto si le sumamos dos semanas 28 de agosto, más tres días, 31 de agosto. Si el médico dio su veredicto a las 08:26:37 pm; con cuatro, cinco minutos y seis segundos más nos daría… 12:31:43 am / 00:31:43 del martes primero de septiembre en pleno invierno de un año bisiesto. Mejor lo anoto, no vaya a ser que se me olvide.

Al día siguiente me levanté sintiéndome mejor que nunca. Ningún dolor, ninguna molestia, nada que pudiera dar indicio alguno de mi enfermedad. Me sentía sano, invencible, era el renacer de un ave fénix. Tuve la impresión de haberlo soñado todo. La visita al doctor Rivasplata o el anuncio de mi muerte. Es una lástima. Me había acostumbrado a la idea de morir.

Más tarde ese día pasé por el calendario y no vi nada anotado en él. Supe que todo había sido y podía transcurrir con mi monótona vida con toda normalidad y sin preocupación alguna.

Fue exactamente dos semanas después de mi sueño que mi hermano Ricardo llamó para recordarme que el 10 de septiembre era el cumpleaños de su esposa y debía asistir a la fiesta que ella estaba organizando con tanto ímpetu.

-Ricardo,  un momento que lo anoto en el calendario. Ahora mismo veo el mes de septiembre.
-No hay problema Joaquín. Espero, tengo que hablarte de la misa de Papá.
-Lo siento Ricardo, no podré ir a la fiesta.

La primera vez que vi el calendario sólo había visto el mes de agosto. No recordaba la fecha que el doctor Rivasplata había separado para mi muerte. Así que supuse que sería en este mes. Al verme obligado a pasar al mes de septiembre para anotar la fiesta de mi cuñada pude ver que nada había sido un sueño. Verdaderamente iba a morir ese día. Era una verdadera pena. Mi cuñada tiene fama de organizar las mejores fiestas de la ciudad.

-¿Cómo? Y eso por qué -dijo Ricardo sorprendido al otro lado de la línea-, ¿ha pasado algo?
-Bueno Ricardo la verdad es que sí. No podré ir porque el primero de septiembre me toca morir.
-¿Qué dices? ¿Morir?
-Sí, el doctor Rivasplata me anunció la fecha y hora de mi muerte hace dos semanas. Pero lo había olvidado.

La conversación duró unos 15 minutos, lo que demoré en explicarle las razones de mi muerte. Ahora que redescubrí la hora y fecha de mi muerte tenía muchas cosas por hacer y muy poco tiempo por hacerlas. Así que me precipité a mi auto y manejé hacia el empresario de pompas fúnebres de la familia.

Ese día escogí mi traje de madera, la capilla que me servirá de vestidor. Dónde me prepararé para descansar en la litera de madera que escogí en el cementerio. Incluso escogí a los negros que cargarían de mí. Lo más curioso de todo es que tanto el empresario de pompas fúnebres, como el cura y el dueño de la pensión reaccionaron de la misma manera ante mis pedidos.

Todos me miraban de pies a cabeza, se quedaban en silencio un momento y me decían "pero si usted es tan joven y se ve tan sano". Ninguno podía creer que moriría a las 00:31:43 del martes primero de septiembre. Creían que estaba loco. Locos debieron estar ellos. No comprendieron que fue la ciencia la que dictaminó la hora de mi muerte. Y como todos sabemos: la ciencia no comete errores, es exacta.

miércoles, 10 de marzo de 2010

"Yo También Quiero un Papá" (Parte Tres)

El tiempo pasaba y la comida demoraba, mi padre hiso algo que nunca pensé que llegaría a verlo hacer, saco la cámara y se dispuso a tomarme una foto con mis amigos. No es algo malo pero igual es algo vergonzoso, quizás Yu y Luis no piensen igual, quizás lo hayan visto como algo normal, pero cuando es tu Padre o tu Madre la que saca la cámara y con una expresión de emoción en la cara te pide una foto junto con tus amigos sientes un particular “roche”.

Luego del almuerzo (que sinceramente todos necesitaban) Luis, Yu y yo dimos una vuelta por toda la universidad, quedamos pasmados y decidimos estudiar allí; parecíamos amigos de toda la vida acordando no separarnos, sin embargo yo casi no hablaba con Yu antes de ese día, y tenía ciertos problemas con Luis, casi nos peleamos tiempo atrás; obviando todo esto nosotros dimos a notar nuestra camaradería y volvimos nuestra amistad 2 años más larga.

El bus nos espera en el parqueo de la Universidad, mi Papá debe estar adentro pues no lo veo en otra parte, a la hora de entrar noto que mi Papá me guardo una siento a su lado, pero yo quería sentarme junto a Yuliana, le dije con señas que me iba a sentar con ella y el refuto pero no de una forma escandalosa como está acostumbrado a hacer, creo que por fin el lograba entenderme, pero no estaba dispuesto a demostrarlo y es por eso que volvió a insistir y yo nuevamente me negué; se resignó y se cambió de asiento varias filas delante mío.

El retorno fue memorable, recuerdo haber pasado momentos bastantes divertidos con Yuliana, ella fue sin duda una gran acompañante para este viaje.

Llegamos a Chiclayo a las 7 y media de la noche aproximadamente, baje del bus y encontré a mi Padre, me despedí de Yuliana y Luis acordando conectarnos al momento de llegar a nuestras casas. Vivo bastante cerca de la agencia y no tenia equipaje por lo que caminamos, no necesitaba escucharlo para saberlo: mi Papá pensaba que había agarrado con Yuliana. No sé si se sentía contento o afectado por esto, creo que una mezcla de ambos. Al llegar a mí casa (yo ya no vivo con él debido a los problemas que tan frecuentemente teníamos) él empezó una conversa que después de los dos minutos se volvió pesada, aunque trataba de disimular la cara de aburrimiento y desesperación que sentía, “Quiero entrar al Messenger” me repetía a mí mismo buscando valor para decirlo; cuando termina la explicación de lo que parecía su tesis hiso una pregunta algo extraña en él “¿quieres ir a comer ceviche el sábado?” me sorprendió la pregunta y no me dio tiempo de razonarla y solo dije “Sí”, pero al momento recordé que tenía que asistir al colegio para mejorar mis notas y no jalar el año, así que agregue “pero después de la una porque tengo que ir al colegio”.

No sé qué paso exactamente este día, ¿Por qué mi Padre actuó así el día de hoy? No sé. Pero si está empezando a cambiar me alegro, y espero poder mejorar mi relación con él.

domingo, 13 de diciembre de 2009

"Yo También Quiero un Papá" (Segunda Parte)

Llegamos al terminal y tomando un taxi llegamos rápidamente a la universidad. Me impresiona de inmediato el tamaño de la universidad. Tomamos desayuno compartiendo la mesa con una familia chiclayana; escucho que repiten una y otra vez “que pequeño que es Chiclayo”.

Estoy nervioso, o tengo frio; no sé exactamente lo que me pasa, mis manos tiemblan acompañadas de mis músculos en el pecho y el estomago; no es algo que pueda controlar. Sin embargo eso no le importaba a mi padre, lo que a él le importaba es no pasar vergüenza de verme temblar descontroladamente frente a las demás personas. Un café me ayuda a superar los temblores y los escalofríos. Pero de a ratos volvían los temblores y mi padre me mandaba una mirada fulminante. Al final no aguantó y me dijo “quieres dejarte de tonterías”.

Me sentía intimidado por esa familia; habían venido todos; Mamá, Papá e hijo. No recuerdo cuando fue la última vez que yo viví un ambiente similar a este, pero sé que no fue hace poco. La última y la única foto que tengo con mi padre y mi mami fue hace 8 años y desde hace mas de tres que había vuelto a ver esa foto, sin embargo queda grabada en mi memoria.

Mis padres son divorciados y en los últimos años he vivido con mi papá y su esposa, juntos tuvieron un hijo, al que quiero como a cualquiera de mis hermanos, y compartía el cuarto con él. Aún dentro de esta nueva familia era difícil encontrar armonía y momentos familiares, siempre había problemas, podían pasar dos o tres semanas sin que algún problema se presentara. Un sábado podíamos pasar un lindo día familiar en un mall, y el domingo que le sigue nadie conocía a nadie dentro de la casa.

La primera parte del itinerario era una charla hacia los jóvenes acerca de la importancia de los valores; el tiempo previo a ésta lo paso con mi padre sentado junto a él esperando que todo empiece, el nerviosismo o escalofrió no abandona mi cuerpo, este sentimiento recio a dejarme me atormenta nuevamente, toma posesión de mi cuerpo una vez más y mi padre no tarda en notarlo y con un rencoroso “ya basta” saca a notar su verdadera personalidad. La silueta de un amigo mío se muestra a la distancia, y pidiendo a unos cuantos que se corran un asiento logramos sentarnos juntos. El discurso fue buenísimo, todos (padres e hijos) lo disfrutaron.

Llega el momento de separarme de mi padre, el recorrerá la universidad con el resto de padres, mientras yo tomare clases modelo de derecho. Soy guiado por alumnos de la universidad hacia el campus donde pasare 4 horas introduciéndome al arte jurisprudencial.

Cuando llegué al aula salude con firmeza y carácter a los ponientes -cosa que creo que animo a los otros atrás mío a hacer lo mismo- ellos respondieron mi saludo con un amigable “hola”. Las palabras de los expositores captaban con firmeza nuestra atención, estaba excitado con la clase. Y ponía mis 5 sentidos en ella, me apasionaba la carrera y ellos solo incitaban mi pasión.

No pude pensar en otra cosa que no sea mi carrera por las próximas 4 horas; reuniéndome con dos amigos (un amigo y una amiga) de mí ciudad empezamos a discutir sobre las clases, los profesores y la infraestructura; aunque la verdad los tres moríamos por estudiar acá.

Fueron momentos muy agradables pero los tres teníamos hambre, y muchísima hambre, buscamos una mesa donde ubicarnos y poder seguir nuestras bromas y conversas; encontramos una mesa vacía donde ubicarnos y esperar. Pasaba el tiempo y nada empezaba, veo a mi padre acercarse y sentarse junto a mí, debo admitir que sentí cierta vergüenza al inicio pero supe afrontarlo y aceptarlo, la familia del desayuno se une en la mesa y más tarde que nunca la mamá de mi compañero. Estábamos completos en esta mesa: La familia feliz (del desayuno), Lucho y su Mamá, Yuliana, mi Papá y yo.